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jueves, 27 de noviembre de 2008

Azaña quiere seguir enterrado en Francia

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Azaña quiere seguir enterrado en Francia

El historiador Santos Juliá defiende que los restos mortales del que fuera presidente de la II República permanezcan en Montauban porque "está documentado" que quería ser enterrado donde muriera.

EFE - Madrid - 27/11/2008 13:05

El historiador Santos Juliá, experto en la figura de Manuel Azaña, defiende que los restos mortales del que fuera presidente de la II República permanezcan en la localidad francesa de Montauban porque asegura que "está totalmente documentado" que él quería ser enterrado donde muriera.

Juliá hace esta consideración con motivo de la publicación de su libro Vida y tiempo de Manuel Azaña, obra elaborada tras haber conocido en los últimos años una serie de documentos inéditos del político de Alcalá de Henares.

"Que le dejen en paz en Montauban", subraya el historiador ante las voces que, en medio del debate sobre la exhumación de las fosas de la Guerra Civil se han mostrado favorables a que los restos del ex jefe del Estado sean trasladados a España.

Según Juliá, está totalmente documentado que Azaña quería permanecer en el sitio en el que muriera y confía en que España colabore con Francia en el mantenimiento de la tumba.
Más implicación de España

Aunque las autoridades francesas se encargan de ese cuidado considera que España debería implicarse más y no olvidar que se trata "de algo suyo, de un jefe de Estado que muere en el destierro".

Azaña recibió elogios tanto de Aznar como de Zapatero
Para el historiador, el que fuera presidente de la Segunda República tenía unas convicciones que permiten que se acerquen hasta ella personas tanto de izquierdas como de derechas, como queda de manifiesto en los elogios que le han dedicado a menudo dos jefes de Gobierno tan dispares como José Luis Rodríguez Zapatero y José María Aznar.

El problema, a su juicio, es que en alguna ocasión se ha instrumentalizado su pensamiento al aplicarlo a la política actual, como cree que ha ocurrido al hacer referencia a veces a sus ideas sobre la nación.

"Azaña está en el centro izquierda reformador, y si la derecha bebe de esta fuente, estupendo, pero lo que no puede hacer es desviar el curso", añade.

El anticristo
El historiador cree que Azaña ha logrado un progresivo reconocimiento en la vida pública española después de que en la dictadura fuera el más vilipendiado de los republicanos y se le calificara de "el anticristo", el "antipatria" o "la encarnación de las plagas de Egipto".

A ello cree que ha ido contribuyendo el conocimiento paulatino de su obra, al mismo tiempo que opina que sus ideas y planteamientos en asuntos como la nación, el patriotismo, la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, el modelo territorial o las relaciones Iglesia-Estado son "plenamente actuales".

En cuanto a este último asunto y aunque asegura que Azaña respetaba a la Iglesia, Santos Juliá cree que fue "un error político" la prohibición de que las órdenes religiosas regentaran colegios, ya que eso generó un movimiento de oposición a la República.

Aunque defendería la apuesta de Zapatero por un Estado laico, Azaña no entendería nunca, según su biógrafo, que el Estado financiara a la Iglesia católica o a cualquier otra.

Actual Constitución
Juliá considera que los aspectos fundamentales del programa de Azaña están reflejados en la actual Constitución española y recalca que nunca fue un republicano doctrinario y, para él, lo sustancial era la democracia, más allá de que fuera bajo un régimen monárquico o republicano.

La democracia está antes que el modelo republicano
Al respecto, aclara que, para Azaña, la democracia está antes que el modelo republicano, y cuando identifica democracia y República es cuando la Monarquía se alía con la dictadura.
En su libro, editado por Taurus, Juliá se detiene especialmente en algunas épocas que no han sido muy estudiadas con anterioridad, principalmente desde su nacimiento hasta que es nombrado ministro de la Guerra.

A su juicio, en ese momento y en contra de lo que quería hacer ver él mismo en ocasiones, Azaña ya tenía un notable pasado político.
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lunes, 17 de noviembre de 2008

¿Por qué no traer a España a Machado y Azaña? Benjamín Prado.

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¿Por qué no traer a España a Machado y Azaña?

BENJAMÍN PRADO 16/11/2008

La muerte acaba en los Pirineos, al menos para la Ley de la Memoria Histórica, e incluso para el juez Baltasar Garzón, que en la causa que ha abierto contra el franquismo ordena abrir una serie de fosas comunes en España, entre ellas la que se supone que guarda los restos de Federico García Lorca, e investigar a algunos de los represores por lo civil y lo militar del franquismo, pero no dice nada de otras víctimas que cayeron más allá de nuestras fronteras, ni de otros verdugos que las cruzaron para detener a los dirigentes republicanos que habían salido del país para esquivar la muerte, como Lluís Companys.

Si algo hay que criticar es que el juez Garzón y la Ley de la Memoria Histórica se han quedado cortos

Si lo miras desde ese lado, el juez de la Audiencia Nacional no sólo no se ha excedido con su iniciativa, como mantienen quienes no están de acuerdo con ella, sino que se ha quedado corto.

Y también se han quedado cortos todos los demás, quienes defienden una memoria con fronteras, como si para pasar de la injusticia a la justicia hiciera falta el pasaporte. Porque si la exhumación de Federico García Lorca se interpreta como un acto simbólico, porque de alguna manera en su drama parecen resumirse los de miles de personas que fueron ejecutadas en aquellos tiempos tenebrosos, ¿no lo sería también el intentar traer a España a algunas de las figuras que tuvieron que huir de ella acosadas por los sublevados y seguras de que si les daban caza su suerte habría sido la misma que la del propio Lorca, o la de Companys, o la de Miguel Hernández?

Quizás habría que comenzar a pensar, por lo tanto, en liberar de su destierro obligado a muchos, pero si quisiéramos empezar por aquellos exiliados que tienen mayor carga emblemática, sin duda los dos primeros debieran ser Antonio Machado y Manuel Azaña.

¿No es extraño y vergonzoso para una democracia como la nuestra que el presidente de la República Española derrocada por un sanguinario golpe de Estado permanezca en Francia, donde está enterrado sólo porque no tuvo más remedio que morir allí?

Las circunstancias de la muerte de Azaña son dolorosas. Estaba refugiado en el Rosellón y lo acosaban por todas partes, puesto que Francia estaba ocupada por el Ejército alemán y por el propio Gobierno de Pétain, que en esos momentos era, más o menos, el mismo general con distinta gorra. Además, los agentes que Franco había enviado por toda Europa a atrapar a los dirigentes republicanos, a quienes tenía la ambición de asesinar uno tras otro tras un juicio sumarísimo, como a Companys, lo vigilaban y trataban de arrestarlo.

Lo intentaron en varias ocasiones, la última en una acción conjunta con la Gestapo, y sólo lo salvó de ser detenido, deportado y fusilado la actuación del embajador de México, que lo escondió en el Hôtel du Midi, en Montauban, donde tenía sus oficinas y donde Azaña, sin fuerzas para seguir resistiendo, falleció el 4 de noviembre de 1940. Pétain prohibió que fuera enterrado con honores de Jefe de Estado y exigió que, en todo caso, su féretro se cubriese con la bandera española rojigualda, la de los sublevados, pero nunca con la tricolor de la República.

El embajador mexicano ofreció la bandera de su país para que fuera cubierto con ella, y así se hizo. ¿De verdad no merece todo ese drama una reparación histórica? ¿No merece un funeral de Estado aquel hombre que en plena Guerra Civil pronunció un discurso ante las Cortes, reunidas en Barcelona, en el que aún pedía desesperadamente la reconciliación entre los dos bandos, bajo el lema "Paz, Piedad y Perdón"? ¿No sería un acto de pura razón traer a Manuel Azaña de regreso a su país y hacerle un entierro honroso?

Antonio Machado también está enterrado, como todo el mundo sabe, en Francia, en su caso en Collioure. Llegó allí lo mismo que Azaña, destrozado por la derrota y por el cansancio, después de cruzar a pie la frontera, y acompañado por su madre, que según cuenta el escritor Corpus Barga, quien en algún momento del tortuoso viaje tuvo que llevarla en brazos, no hacía más que preguntar: "¿Cuándo llegamos a Sevilla?". Su tumba se ha convertido en un lugar de peregrinaje para los poetas españoles.
Pero, ¿es lógico que uno de nuestros mayores escritores siga allí, en un lugar que no eligió él sino que propiciaron los golpistas de 1936?

Personalmente, creo que la única diferencia entre Machado y García Lorca es que uno tiene una lápida con su nombre y el otro no, pero en lo demás son lo mismo: símbolos de nuestra cultura y nuestra sociedad civil que la guerra transformó en símbolos de las víctimas del horror y cuya vuelta definitiva a España sería una lección de la democracia a la dictadura, un ejemplo del modo en que la libertad recupera lo que la tiranía destruye y una prueba de que la impunidad no dura para siempre.

O también puede suceder lo contrario, que se permita que siga igual todo lo que nunca debió de cambiar y Manuel Azaña, Antonio Machado y tantos otros no regresen de su exilio. Qué curioso, cuando en otros tiempos, a los que, como Juan Ramón Jiménez, no querían volver, sí que se los traían a España para enterrarlos en la tierra negra de la dictadura.

Benjamín Prado es escritor.
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domingo, 16 de noviembre de 2008

Azaña contra la guerra

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Azaña contra la guerra

SANTOS JULIÁ

Santos Juliá publica 'Vida y tiempo de Manuel Azaña' (Taurus), una biografía del presidente de la II República, de la que se reproducen extractos sobre sus intentos de paz para España

En agosto de 1936, cuando se hizo patente la crueldad de la guerra; en noviembre, cuando tuvo que aceptar a los sindicalistas en el Gobierno; pero también en mayo de 1937, cuando reconoce que su moral se ha quebrantado; y en marzo, y otra vez en agosto de 1938, cuando es ya evidente la imposibilidad de triunfo, [Azaña] siente la tentación de abandono, pero siempre la rechaza. Y esto es lo que necesita explicación, que haya permanecido en la presidencia; no el abatimiento, la repugnancia, la indignación, el horror o el miedo que le produce ser testigo de la destrucción y la muerte y del derrumbe del Estado republicano, que él había identificado con la libertad y el imperio de la ley, sino que, sintiendo todo eso como una quiebra de lo que él era y representaba, permaneciera en la presidencia.

La decisión franco-británica de no intervenir en la guerra de España fue apuñalar a la democracia

Quedarse no fue lo normal entre quienes pensaron que la guerra había escindido a los españoles en dos bandos irreconciliables y que nada tenían que hacer en esa lucha. Desde septiembre de 1936 era evidente que la República no estaba ante un pronunciamiento tradicional, sino ante una rebelión militar que, adueñándose sólo de una parte del territorio, había desencadenado una contrarrevolución y una revolución e iniciado una guerra larga en el tiempo e incierta en el resultado. Muchos, y muy cercanos a Azaña por su biografía, su formación, sus gustos y su clase social, no se sintieron capaces de optar por la rebelión ni por la defensa de aquella República y abandonaron la partida, algunos con la pretensión de situarse en una ilusoria tercera España que no sería la de los rebeldes ni la de los leales, sino una especie de reserva para el futuro.

Azaña no sólo permanece en su cargo, sino que, cuando oye que España se ha dividido en dos bandos feroces, que ninguno de ellos podrá ganar y que algún día, cuando así se reconozca, se encargarán de gobernar los que se mantienen lejos, siente que le penetra "el espíritu intransigente del miliciano", como dice el médico Lluch a un amigo que encuentra en París.
(...) Con el relato de aquellos días inició Azaña lo que, en el exilio, denominará Cuaderno de La Pobleta, añadiendo el subtítulo: Memorias políticas y de guerra. En realidad, no había tal cuaderno, sino hojas con membrete de la presidencia, en las que fue dejando los testimonios de largas conversaciones con Fernando de los Ríos y Diego Martínez Barrio, con José Díaz y Dolores Ibárruri, con Pedro Corominas, Carles Pi i Sunyer o Lluis Companys; recibe con mucha frecuencia a Negrín, Prieto y Giral, pero habla también largamente con el agustino Isidoro Martín, que le da la ocasión de rememorar el pasado, o con Mariano Gómez, presidente del Tribunal Supremo, que le habla de los horribles sucesos de la cárcel Modelo.

Durante estos meses de 1937 es todo lo contrario de un presidente amortizado, como dirá de sí mismo más adelante, aunque su presencia en actos públicos es mínima y no se le ocurre que tal vez un presidente de la República tendría que hacerse más visible a los soldados, a la gente, salir a la calle, ir a los hospitales, visitar los frentes. Lo que escribe, en entradas que a veces ocupan varias páginas, es el diario de un infatigable conversador, de alguien que recuerda el pasado, disecciona el presente y trata de convencer a sus interlocutores de las vías para abrir un futuro; no es ya el diario de un hombre de acción, de alguien que quiere construir un Estado y rehacer una sociedad. Lo que él es ya está echado a las espaldas; ahora ha tocado en el fondo de la nada y quiere únicamente dejar testimonio de la palabra dicha para encontrar un camino de salida a la destrucción que le rodea.

(...) En todo caso, lo que deseaba Azaña era que al nuevo Gobierno [de Negrín], con el que se reunió enseguida, le acompañara el acierto. Para comenzar, insistió en sus dos máximas preocupaciones: defensa en el interior, no perder la guerra en el exterior; consolidar la autoridad en materia de orden público y de guerra y buscar la mediación internacional. Lo primero exigía restablecer en Cataluña la autoridad del Gobierno, respetando y haciendo cumplir el estatuto de autonomía, que en la práctica había dejado de regir las relaciones entre la Generalitat y el Estado; lo segundo exigía establecer como base de la política exterior el axioma de que "la guerra no puede desenlazarse a nuestro favor por la fuerza de las armas". Había que preparar políticamente el desenlace de la guerra, empezando por los medios que pudieran alterar la situación a favor de la República: la retirada de extranjeros, que podría ir acompañada de acuerdos entre las potencias. El Gobierno, sin necesidad de firmar tales acuerdos, permitiría la presencia de comisiones de neutrales para comprobar la retirada y la suspensión de hostilidades. Conseguido este objetivo, el cansancio de la gente haría todo lo demás: sería muy fácil no reanudarlas.
Azaña expresaba así de nuevo el único propósito que le mantenía en la presidencia de la República. Por supuesto, en cuestiones de política internacional, jamás se había hecho ilusiones, y a partir del comienzo de la guerra, menos que nunca: cada cual actuaba según le dictaban sus intereses, y la República, como ya era el caso en 1931, carecía de una poderosa escuadra para que su voz se tuviera en cuenta en la Sociedad de Naciones o en las cancillerías de las grandes potencias. "Como no tenemos una gran escuadra, de poco sirve tener razón", escribe en su diario el 9 de octubre. Desde el primer momento consideró la política de no intervención y la actitud de la Sociedad de Naciones como un crimen, el peor cometido en Europa desde el reparto de Polonia; como una puñalada en la espalda juzgó en varias ocasiones la política franco-británica. "Nuestro mayor enemigo", escribió, es el Gobierno británico. Con todo, nunca cejó en sus iniciativas para que Reino Unido y Francia intervinieran en la guerra española. Y como nunca creyó en la suficiencia de los motivos humanitarios, todo su esfuerzo se dirigió a convencer a los Gobiernos británico y francés de que su propio interés consistía en levantar el embargo de armas, primero, y en imponer un fin negociado, después. Se aferró contra toda esperanza a dos firmes convicciones: la primera, que Francia y Reino Unido no podían permitir en España el triunfo de los rebeldes sostenidos por Italia y Alemania; la segunda, que si Italia y Alemania así lo decidían, Franco no tendría más remedio que suspender las hostilidades. Siempre estimó en poco menos que nada las posibilidades de Franco para continuar la guerra si alemanes e italianos le obligaban a sentarse en una mesa de negociación.

A pesar de los obstáculos con los que muy pronto tropezó su propuesta, llegó a creer que la paz acabaría por abrirse paso y, aprovechando que en círculos católicos y en cancillerías europeas se hablaba de la posibilidad de una "pacificación", tomó de nuevo la palabra para dar unos cuantos aldabonazos ante la Sociedad de Naciones y el Comité de Londres. En su segundo discurso de guerra, pronunciado en la Universidad de Valencia, por indicación del Gobierno, el 18 de julio de 1937, cuando se cumplía el primer aniversario de una rebelión que "se habría agotado" si las "potencias extranjeras" no hubieran sostenido una "invasión clandestina contra la República española". Es este nuevo carácter que ha tomado la guerra, continuación de la serie de invasiones padecidas por España en los dos últimos siglos, lo que Azaña sitúa en el centro de su discurso con el evidente propósito de emplazar a la Sociedad de Naciones al cumplimiento de sus obligaciones y denunciar la idea falsa sobre la que está fundado el Comité de Londres y el equívoco bajo el que funciona: sus resultados no pueden ser otros que el derecho pisoteado y la fuerza satisfecha.
Insistiendo, como siempre, en el alcance internacional de la guerra, Azaña no olvida su origen español ni pasa por alto que España, "cuyas seis letras sonoras restallan hoy en nuestra alma como un grito de guerra y mañana con una exclamación de júbilo y paz", es el territorio en que se lucha. (...) Su discurso de Valencia, en la parte que afecta al interior, además de celebrar que el pueblo español y los Gobiernos de la República hayan puesto en pie un verdadero ejército, prosigue esta permanente meditación: "Ninguna política se puede fundar en la decisión de exterminar al adversario". Los españoles, el día en que por fin alumbre la paz, tendrán que habituarse a la idea "que podrá ser tremenda, pero que es inexcusable" de que, por mucho que se maten unos a otros, "siempre quedarán bastantes, y los que queden tienen necesidad y obligación de seguir viviendo juntos para que la nación no perezca". Él, por su parte, se opondrá, dondequiera que esté, a que "nuestro país, el día de la paz, pueda entrar nunca en un rapto de enajenación por las vías del odio, de la venganza, del sangriento desquite".

(...) Es claro que sus amigos en el Gobierno no concedían un interés prioritario a la búsqueda de ocasiones para explorar las posibilidades de un compromiso. La guerra seguía su curso, el ejército se había reconstruido, los enemigos, después de conquistar todo el norte, no avanzaban. En estas circunstancias, Azaña decide emprender "una excursión" a Madrid. En la carretera de Vicálvaro pasa revista a las tropas: "Qué raza", le dice a Negrín. "Es un dolor". Y "con la pesadumbre de Madrid gravitando sobre (su) alma", pronuncia en el Ayuntamiento otro discurso, el tercero en lo que iba de guerra. En el viaje comprueba, para su sorpresa, que Negrín mantiene una "confianza cerrada voluntariamente a toda duda". Esa seguridad le resulta todavía más llamativa en un hombre con formación intelectual. Los intelectuales dudan porque son incapaces de ocultar a su inteligencia aquellos aspectos de la realidad que se resisten a su acción. Pero Negrín, que es un intelectual, rebosa confianza: la tranquila energía que en él percibió y que le movió a confiarle la presidencia del Gobierno se ha convertido en una "tranquila audacia" que se asienta en una manera de enfrentarse a los problemas que a Azaña le parece sorprendente: cerrarse a la duda por un ejercicio de la voluntad. De momento, su observación no va más allá, pero no es casual que contraste esta seguridad con la visión de Madrid como un degolladero por el que la ciudad se desangra; una ciudad en la que se ha instalado la guerra, en la que los pobres combatientes, agazapados en el barro, acechan.

(...) ¿Azaña, prisionero de Negrín? Ciertamente, las relaciones entre los dos presidentes se habían deteriorado hasta un punto inimaginable antes de la caída de Teruel, pero sus posiciones políticas, aunque divergían en sus metas inmediatas, eran cada una a su manera fiel reflejo del callejón sin salida en el que progresivamente se encerraba la política republicana en su conjunto, al necesitar ambas un punto de apoyo exterior que ni Francia ni el Reino Unido estaban dispuestos a proporcionar. Azaña pretendía poner fin inmediato a la guerra en la confianza de que una enérgica acción franco-británica obligaría a alemanes e italianos a retirarse y, de rechazo, a Franco a negociar; confianza siempre ilusoria, pero mucho más tras el reconocimiento de facto por los británicos de la soberanía de Italia sobre Etiopía en abril de 1938. La resistencia preconizada por Negrín descansaba en la confianza, no menos ilusoria, de que una victoria, si era grande, cambiaría el curso de la guerra porque produciría el desistimiento de sus aliados y situaría a Franco en una posición difícil ante alemanes e italianos.
(...) Negrín, que manejaba, porque los servicios de espionaje se los habían entregado, los resúmenes de unas conferencias sostenidas por Azaña con su cuñado y con Prieto, cree que "ése" (el presidente de la República) "no merece ninguna consideración", y estaba decidido a darle una lección: "¿Sabe lo que le digo?", preguntó a Zugazagoitia: "Que vamos a ganar la guerra militarmente". Ésa es la lección que va a dar Negrín y es esa seguridad en el triunfo lo que Azaña no soporta por más tiempo, lo que hace cada más violentos los encuentros entre los dos presidentes.
Vida y tiempo de Manuel Azaña 1880-1940, de Santos Juliá. Editorial Taurus. 22 euros. En librerías a partir del 26 de noviembre.
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martes, 11 de noviembre de 2008

"En España viven muchos franquistas"

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"En España viven muchos franquistas"

LÍDIA PENELO - Barcelona - 11/11/2008 11:33

El historiador Gabriel Jackson tiene 87 años y vive solo en un piso sencillo en el barrio barcelonés de Sant Gervasi. Tiene libros por todas partes y hasta el balcón de la vivienda está acristalado para ganar espacio. Prudente y educado, habla muy despacio. Viste ropa cómoda y calza unas sandalias con calcetines blancos. Aunque la fatiga ocular le impide leer tanto como desearía, en una mesa del salón tiene una caja de cartón donde guarda los recortes de prensa que le interesan. Escucha la sinfonía número dos de Bernstein a todo volumen: “Soy duro de oído”, afirma Jackson sin ruborizarse, quien tocó la flauta travesera por última vez en público el día que cumplió 80 años.

Acaba de publicar Juan Negrín, médico, socialista y jefe del Gobierno de la II República (Editorial Crítica). La consigna de Negrín era “resistir es vencer”. El dirigente republicano la llevó hasta el límite y, ahora, el autor dedica este libro a todos los lectores que valoran la verdad, incluso cuando hiere sus sentimientos políticos y morales.

-¿Puede este libro herir muchos sentimientos?
-Hasta la muerte de Franco hubo una censura completa. Desde ahí hasta hace muy poco tiempo, en España reinaba un pacto de silencio. El caso es, en cierto sentido, único. La opresión ha durado 70 años, mucho más tiempo que los regímenes dictatoriales en América Latina o el nazismo. Es increíble, Franco siempre dijo que estaba dispuesto a matar a todos los que fuese necesario para limpiar el espíritu de España. Aquí hay un sufrimiento y unos silencios forzados que no existen ni en la antigua URSS ni en China. Creo que es una situación única.

-En el libro sitúa a Juan Negrín a un nivel de gran estadista europeo. ¿Lo fue?
-Creo que los gobernadores de Inglaterra y Francia no habían entendido la amenaza nazi de la manera que la entendió Negrín, que trató de convencerles de lo que se avecinaba. Si le hubieran hecho caso, se podría haber evitado la Segunda Guerra Mundial.

-Sin embargo, su figura ha sido silenciada, incluso después de la Transición.
-Sí, a causa de muchos resentimientos dentro del Partido Socialista. Negrín insistió en que las democracias tenían que defenderse de Mussolini. Creía que había bastante material y dinero para resistir hasta dos años más. En cambio, Caballero, Prieto, Azaña y Giralt no tenían esperanza. Pensaban que era de locos continuar la resistencia. Cuando empezó la Transición, el Partido Socialista, para no remover los fantasmas de la Guerra Civil, no quiso hablar ni de la República ni de la guerra. Los socialistas, simplemente, querían crear la nueva democracia. Aceptaron la monarquía parlamentaria como la única forma de gobierno plausible, también para los franquistas.

"Hasta hace muy poco tiempo en España reinaba un pacto de silencio"

-¿Considera que era la única vía posible?
-Depende. En Escandinavia funciona bien. Yo creo que para la reconciliación o para dejar atrás los resentimientos, lo que necesita España es la verdad, no propagandas ni escuelas de unoscontra otros.

-¿Dónde está esa verdad?
-En los archivos y en la prensa. Con esa documentación se puede llegar a una aproximación a la verdad. Durante toda la República hubo prensa libre aunque los franquistas lo nieguen. Durante su época, se escribieron críticas muy fuertes contra Negrín y nadie fue a la cárcel.

-Cuenta que uno de los episodios que más afectóa Negrín fue el asesinato de Andreu Nin. ¿Por qué?
-Porque ese asesinato evidenció que Negrín no lo tenía todo controlado. Había una policía de la República y una red de agentes soviéticos. Los segundos fueron los responsables del asesinato del líder del POUM. Pero los años decisivos, el 37 y el 38, fueron también los de más influencia de la URSS. Stalin era un hombre paranoico y muy inteligente, y no había nada que Negrín pudiera hacer. Optó por actuar como si no hubiera escuchado nada. No cuestionó a los rusos por muchos motivos. Por el tema del oro, por las Brigadas Internacionales, y por ver a los rusos como una defensa contra la posibilidad de Hitler.

-¿Qué otros personajes de la República permanecen ocultos?
-Manuel Irujo. No sé si los vascos han escrito cosas completas y documentadas sobre él. Y también Companys y Tarradellas. Hay muchos libros sobre ellos, pero no son exhaustivos en cuanto a la documentación.

"Durante toda la República hubo prensa libre, pero lo niegan"

-Negrín se llevó muy mal con la Generalitatde Companys...
-Sí, es una lástima, me ha dado mucha pena ser consciente de eso. Creo que Companys era muy sincero y decente, Tarradellas también. Pero en las comunicaciones siempre aparecen las quejas sobre Catalunya antes de todo, como si no hubiera ninguna guerra, ni la amenaza de fascismo. Hombres de negocios vascos y catalanes trataban con diplomáticos franceses, belgas, ingleses y eso hizo imposible la tarea de Negrín. Esas acciones paralelas eran un rechazo del Gobierno.

-¿Qué le parece la actual política de memoria histórica del Gobierno español?
-El trabajo de las fosas comunes es muy difícil. Claro que las familias tienen el derecho a saber lo que ha ocurrido. Pero yo creo que lo más importante sería terminar con los sentimientos ocultos sobre la Guerra Civil. Un resultado de la Transición ha sido que este pacto de silencio simplemente ha suprimido las emociones. Creo que es obligación del Gobierno ocuparse de todo esto. Pero hay que entender que viven muchos franquistas en España, y si estos componen el 20% ó 30% de la población, a un Gobierno que depende de unas elecciones le puede resultar muy caro llevar adelante una iniciativa de este tipo.

Pero es el juez Baltasar Garzón quien está en ello...Para él, el tema debería ser una necesidad moral. No puede tener éxito en Argentina y en Chile y no hacer nada en España. Es necesario, pero es delicado. Habría sido mejor si el Gobierno hubiera dado pleno derecho a las familias. Para mí, sería una gran oportunidad convertir el Valle de los Caídos en un monumento en memoria de todos los españoles que han sufrido la Guerra Civil y la represión. Despojarlo de cualquier identificación con Franco, la Iglesia, o la Falange. Ya que hay tantos miles de cuerpos enterrados allá, a mi parecer, reconvertir el Valle de los Caídos sería un gesto decente y moral.

Una visión equilibrada y alejada de los prejuicios

1.- Los antecedentes de la República
En su obra, Jackson aborda la guerra y la República a partir de la experiencia española previa. Por ejemplo, ha dedicado cientos de páginas al estudio del Regeneracionismo de finales del XIX, centrándose en el político Joaquín Costa, que en aquellos años predicaba la necesidad de la renovación en España. “Carecía de tacto y criterio; hubiera hecho falta que sus ideas políticas estuvieran tan bien definidas como sus doctrinas en materia agrícola”, afirma el autor.

2.- Errores y aciertos de Azaña
Una de las obsesiones constantes en la obra de Jackson son los intelectuales republicanos de los años treinta que trataron de despertar y educar a la población de una sociedad atrasada. “Con la llegada de la República, Azaña se propuso completar el renacimiento y dar a España una Constitución que incorporara los aspectos democráticos europeos más avanzados. Sin embargo, fracasó en hacer frente al más grave problema económico-social de la época, la reforma agraria”, escribe en uno de sus ensayos.

3.- El Frente Popular y la Guerra Civil
El objetivo de la amplia coalición de partidos de izquierda era, según Jackson, frenar el auge del fascismo. Sin embargo, la coalición fue incapaz de hacer progresos, y las huelgas patrocinadas frecuentemente por los anarquistas provocaron una excesiva represión policíaca. “Así, los campesinos abandonaron su confianza en la República”. El autor sí salva a Largo Caballero, quien se convirtió “en el único presidente que eligió un gabinete plural”.

4.- La tragedia de España
Según Jackson, uno de los rasgos típicos del pueblo español ha sido el súbito derroche de energía por una causa idealista. Pero la guerra constituyó “la más amarga de las educaciones políticas para el pueblo, que aprendió lo que el dominio militar hace al tejido de la vida civil. Con Franco, los españoles recibieron al régimen más poderoso y represivo que jamás habían tenido desde los tiempos Felipe II”.
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domingo, 26 de octubre de 2008

Azaña descansa ya "en una tumba digna de él"

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Azaña descansa ya "en una tumba digna de él"

I. CEMBRERO

Una estela realza en Montauban, Francia, la tumba del último presidente de la República

Los visitantes se quejaban de lo difícil que era de localizar su tumba en el cementerio municipal de Montauban (sur de Francia). Izquierda Republicana lamentaba en su página web que estuviera mal señalizada. Desde ayer sábado el lugar donde yace Manuel Azaña, el último presidente de la República, se identifica con más facilidad.

Una estela del escultor francés Christian André-Acquier realza la tumba de Azaña que falleció en Montauban, en noviembre de 1940, sometido a la estrecha vigilancia del régimen colaboracionista de Vichy. La obra fue destapada el sábado con motivo de un homenaje al célebre exiliado organizado por la asociación Presencia de Manuel Azaña.

"Estamos aquí, aquellos que queremos a la República (...), para rendir un homenaje a su último presidente", afirmó Jean-Michel Baylet, presidente del Consejo General (diputación) del departamento del Tarn-et-Garonne. Su padre fue, hace 60 años, uno de los que ayudó a Azaña a instalarse en Montauban. "Tantos años después no hemos olvidado y continuamos el combate por aquellos valores, aquellos que encarnaba el presidente de la República española", añadió. "Que descanse en paz en una tumba digna de él", concluyó Baylet.

La lápida de granito con el nombre del difunto, los años que vivió (1880-1940) y el descolorido escudo de España tapados, a veces, por unas rosas de plástico con los colores de la República, han quedado enaltecidos por un pequeño monumento. La piedra de la estela está partida, para simbolizar el desagarre de un pueblo, y salpicada de incrustaciones de cristal con las que el artista ha querido transmitir un mensaje de esperanza.

Además de los miembros de la asociación que recuerda la memoria de Azaña al acto asistieron el sobrino del presidente, Enrique de Rivas, autoridades locales francesas, hijos de exiliados republicanos y un representante del Instituto Cervantes de Toulouse. Hoy domingo concluye también en Montauban un seminario sobre "Manuel Azaña y la cuestión laica" subvencionado con 5.000 euros por el Consejo General del departamento .
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¿DONDE ESTA?

¿DONDE ESTA?
IN MEMORIAN