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martes, 2 de diciembre de 2008

Sobrevivir bajo las bombas.

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Sobrevivir bajo las bombas

OTÍLIA CASTELLVÍ

Desde la contienda civil española hasta la II Guerra Mundial, la vida de Otília Castellví se convirtió en un drama que arruinó los ideales de su juventud en el POUM. De las memorias póstumas de esta ciudadana (Acantilado) se ofrecen aquí extractos del exilio en Francia y Alemania, y su testimonio sobre poblaciones sometidas a la guerra

El suelo era de arena y no crecía ni una brizna de hierba. Al llegar soplaba un viento tan fuerte que era imposible caminar con los ojos abiertos. La arena nos azotaba las piernas y el rostro como si fueran las espinas de la maldita alambrada.

Los campos franceses para mujeres eran más trágicos que los de los hombres. En éstos no había niños ni ancianos
El 29 de enero de 1944 hubo un bombardeo tan fuerte sobre Francfort que casi nos quedamos enterrados por completo
Estábamos convencidos de que la caída de Hitler conllevaría el derrocamiento de Franco y su dictadura
La justicia castiga un crimen aislado. ¿Quién juzga a los criminales que perpetran miles de crímenes en las guerras?


Estábamos en el campo de concentración de Argelers (1). Una mujer que había en la barraca de los gendarmes nos indicó que debíamos refugiarnos en alguna de las barracas del lugar. Entonces advertimos que, en efecto, por aquel ingrato arenal había algunas barracas dispersas. Fuimos a ver una de ellas, la que nos pareció más nueva, pero salimos enseguida, pensando que justamente era la peor, o bien aún no estaba terminada. Probamos con otra, y con otra..., pero todas eran iguales: cuatro paredes de madera mal ajustadas, con una sola puerta y sin ventanas.
Todo era ir y venir, angustia y gritos, lamentaciones, bultos y criaturas en un remolino infernal. Parecía que la barraca fuera a estallar de tanta presión. Nadie osaba salir, no sólo porque el viento soplaba con fuerza y hacía frío, sino también por miedo a perder el sitio. Isabel y yo nos habíamos arrimado a una pared y habíamos dejado delante de nosotras los dos pequeños fardos que llevábamos, a fin de marcar el "terreno" reservado. Estábamos horrorizadas ante tanta confusión y casi lamentábamos haber salido de la cárcel, donde pese a las chinches y las ratas, había jergones sobre los que echarse, y mesas y bancos que, pese a estar sucios y grasientos y ser miserables, servían para recordar al cuerpo que las personas no se sientan en el suelo y comen sobre las mesas.

Tristes y acurrucadas en "nuestro" sitio, contemplábamos con compasión las penalidades de las pobres madres que iban llegando con sus hijos. Sin duda, nuestra desgracia era insignificante comparada con la tragedia de aquellas desdichadas mujeres. No había niño que no llorara de hambre, frío, incomodidad, enfermedad, o de todo a la vez. La desesperación de aquellas madres era indescriptible. Por eso los campos de las mujeres eran más trágicos que los de los hombres, donde no había niños ni ancianos. Sin esta carga familiar, la vida en el campo no se hacía tan dura. En nuestro caso, las lamentaciones de los viejos y el llanto de los niños, amén del resto de calamidades, eran como una alucinación irreal (...) No sabíamos dónde protestar para desahogarnos, ya que la oficina era accesible para quienes iban entrando, pero quedaba cerrada herméticamente para quienes estábamos dentro. Quien pretendiera huir de aquel infierno toparía con el mar a un centenar de metros. El resto del campo estaba delimitado con espesas alambradas y senegaleses negros armados al otro lado.

(...) Había que pensarlo bien otra vez. Por una parte teníamos aquel hermoso Luxemburgo, pulcro y lleno de gente buena, donde no se nos permitía residir. Por la otra nos prometían trabajo y una vida decente, pero en el país al que más habíamos temido siempre. Tras mucho cavilar escogimos la segunda vía. Así pues, con el ánimo de quien, desesperado, se tira a un pozo, fuimos a inscribirnos a la oficina de empleo que nos llevaría al país nazi. (...) Durante la primera semana que pasé en Francfort, con la ayuda de mi amiga y su hermano pequeño, hice las gestiones pertinentes para legalizar mi estancia en Alemania como trabajadora independiente en el ramo de la costura.

(...) El sábado 14 de septiembre de 1940, un hermano de Melitta se fue al frente. Ver partir hacia la muerte a un joven inteligente y lleno de vida me aterraba. La odiosa realidad de la guerra contribuía, y no poco, a mi abatimiento moral. No tenía preferencia por ninguno de los países en lucha; sólo una profunda lástima por las miles de personas de todos los pueblos que sufrían y morían a causa de la guerra... ¿Y para qué?, me preguntaba una y otra vez. Pues seguramente para beneficiar a unos gobernantes ambiciosos y desalmados que tenían la suficiente astucia para convertir los ideales de la juventud en odio. Así lo entendía yo, que iba dejando de ser joven, pero el pobre Waldfried, a sus veinte años, todavía no.

Ya entonces, con la tragedia de nuestra guerra, las tristes experiencias acumuladas me habían causado tan amarga decepción que aniquilaron el romanticismo puro de la igualdad social y la fraternidad entre los seres humanos que tan cándidamente me había entusiasmado. A mis treinta años sólo quería convencer a los demás de las verdades que conocía por mi experiencia. Pero bien es cierto que nadie escarmienta con la experiencia ajena. ¡Y mucho menos los jóvenes!
(...) Iniciamos el año 1943 rodeados de escombros y miseria, viviendo el pánico constante que causaban los numerosos enemigos de los nazis en las ciudades donde la mayoría de habitantes era contraria a Hitler. ¡Qué incongruencia!

La noche del 23 de septiembre de 1943, el mismo día que Linus [compañero de la autora] cumplía treinta años, estábamos en la cama leyendo una carta que él había recibido de Cataluña cuando sonaron las sirenas de alarma. (...) Tuvimos el tiempo justo, no ya para entrar, sino para lanzarnos al interior del subterráneo de la casa en el momento en que ésta se nos caía encima casi por completo. ¿Cómo describir el horror de aquel momento? Confieso que ni siquiera soy capaz de intentarlo. (...) No sé cuántas horas pasamos guarecidos bajo aquel subterráneo, desde donde nos asomábamos de vez en cuando por la pequeña abertura, a la espera de que los incendios y las paredes medio derruidas acabaran de desplomarse. Cuando al fin nos decidimos a salir, quedamos consternados ante la inmensa tragedia que contemplaban nuestros ojos. Y en medio de todo, la enloquecedora desesperación de quienes buscaban entre las ruinas a sus seres queridos; los gritos de los heridos; las carreras de quienes ofrecían ayuda... ¡La guerra! ¿Qué maldito egoísmo inspira a los hombres tantos crímenes? ¿Dónde estaba la civilización? ¿Y la justicia que normalmente castiga un crimen aislado? ¿Quién juzgaba a los criminales que, de lejos y con frialdad, perpetraban miles y miles de crímenes? ¡Qué contradicciones! ¡Qué absurdos! ¡Cuánto cinismo!

(...) Mi buena amiga Melitta se había refugiado en un pueblecito con su madre y la hija de pocos meses que tenía. Cuando supo que un bombardeo nos había dejado sin la buhardilla donde nos alojábamos, nos ofreció su pisito de Francfort. Aunque vivir en aquella gran ciudad era peligroso, no lo era más que en cualquier otra. Además era una planta baja, característica muy importante, dadas las frecuentes carreras a los sótanos. Estas ventajas, junto con algo tan importante como poder vivir juntos y solos en un piso sencillo pero bien instalado, nos tentaron tanto que, pese a nuestra sincera gratitud a la familia Weber, nos fuimos a vivir a Hinderburg Strasse 142, E. de Francfort del Meno.

(...) La estación y alrededores ofrecían un triste aspecto por la destrucción masiva. Pero no nos paramos a contemplar el deplorable cambio de la misma ciudad por la que dos años antes habíamos paseado con absoluta tranquilidad. En un tranvía que funcionaba como buenamente podía, nos dirigimos a la casa de Melitta, tan familiar para mí. Pero incluso aquel coqueto piso tenía un aspecto miserable con todos los cristales rotos, las ventanas tapadas con cartones negros, el jardincillo seco y abandonado, marcas de metralla en la fachada y pocos vecinos que habitaban los demás pisos. Con el ánimo abatido, sólo tuvimos ganas de dejarnos caer sobre la cama, rendidos y desmoralizados, para intentar dormir un poco. Pero las tétricas sirenas no tardaron en despertarnos una y otras tantas veces aquella noche. Y al día siguiente, y los demás días y noches. ¡Y a cada momento! Era como un juego constante, obsesivo, que nos volvía locos. No había manera de hacer nada en buenas condiciones: ni dormir, ni comer, nada que no fuera movernos aturdidos con el embrutecimiento de un constante pánico.

(...) En medio de aquella situación lamentable llegó Waldfried con un permiso del frente. Su Urlaub (permiso) también fue para él motivo de tristeza al hallar a su familia fuera de la ciudad y encontrar su casa medio en ruinas. Era el mismo chico afectuoso de siempre, pero era fácil adivinar su amargura ante la destrucción de toda Alemania, que él confirmaba y sentía más que nadie. ¡Pobre Waldfried! ¡Con qué sonrisa triste y amistosa se despidió de nosotros al partir al frente... para no volver jamás! ¡Qué vida joven, sana, inteligente y sensible echada a perder! ¡Maldita guerra! ¡Malogrado Waldfried!

Como la vida en las ciudades era tan angustiosa y difícil, en cuanto nos encontramos mejor, el incansable Linus se espabiló para salir de la ciudad. Con este propósito escribió a varias empresas vinícolas del valle del Mosel ofreciéndose para trabajar en las bodegas del célebre vino de la región. Como casi todos los alemanes estaban en el frente y la mano de obra escaseaba, Linus no tardó en recibir una oferta para trabajar en un pueblecillo llamado Kinheim. Animados por la idea de dejar Francfort, sin pensarlo dos veces hicimos los preparativos para el traslado. El 29 de enero de 1944, víspera de nuestro anhelado viaje, hubo un bombardeo tan fuerte sobre la ciudad de Francfort que casi nos quedamos enterrados por completo. (...) El horror de estos bombardeos, donde ancianos, mujeres y niños salían de los sótanos enloquecidos ardiendo como teas vivientes, ha quedado escrito en la historia como un enorme e indigno crimen del cual se avergüenza el mundo entero. Se trataba de otro de esos ataques aéreos llamados Teppichbomben, que combinaban las bombas incendiarias con las de explosión para arrasarlo todo. En el mes de febrero de 1945 destruyeron Dresden de la misma manera.

(...) A principios del año 1945, en todo el valle del Mosel se respiraba un ambiente caótico, señal de que la causa alemana se estaba agotando. En una pequeña radio que Linus consiguió instalar oculta tras la cama, todas las noches escuchábamos emisoras francesas e inglesas que nos mantenían al corriente de las victorias aliadas. Como nuestros principios eran cien por cien democráticos, y por tanto antifascistas, aquellas noticias nos alegraban mucho, pues estábamos convencidos de que la caída de Hitler conllevaría el derrocamiento de Franco. Pero paralelamente al placer político que sentíamos con la caída de los regímenes totalitarios, una íntima tristeza se apoderaba de nosotros al pensar en la buena y pacífica gente del pueblo y recordar a los miles de alemanes que nada tenían que ver con la dictadura nazi; muy al contrario, la sufrían con el mismo odio con el que otras miles de personas soportaban por obligación el despotismo franquista en nuestra península.

(...) La madrugada del martes 13 de marzo de 1945, el primer grupo de soldados americanos entró en Kinheim. (...) La mayoría de los soldados que habían llegado era de habla española. Infelices medio indios de la frontera de Estados Unidos con México. Era a los desdichados soldados incultos a quienes les tocaba estar en primera línea en todas las guerras, mientras los "civilizados" se reservaban los lugares de menor peligro. ¡Qué pena daban aquellos chavales de entre dieciséis y diecinueve años convertidos en carne de cañón! Ellos tenían una madre también, igual que los demás, quizá hasta más tierna y sensible que las frívolas mujeres de ciudad. Sentíamos una gran lástima por aquellas víctimas forzosas. Al hablarles en español, algunos, conmovidos, se nos echaban en brazos llorando de alegría. Se sentían tan desamparados en aquellas tierras lejanas, pasando calamidades sin entender a nadie... ¡ni a enemigos ni a "amigos"!

(...) Tres días después de mi operación, los americanos nos comunicaron que los prisioneros franceses que había en aquel pueblo serían repatriados a lo largo de aquella semana. Como anhelábamos regresar a Cataluña, acordamos con ellos hacer el viaje juntos hasta su país, convencidos de que de un momento a otro se acabaría la guerra y, al vencer las democracias, Franco y su dictadura no se sostendrían por más tiempo y podríamos volver a Barcelona. (...) El aspecto de aquel grupo de gente de todas las nacionalidades, cargados con equipajes deteriorados, ansiosos por huir de tierras alemanas, era un auténtico desconcierto. Al gozar de libertad se formaba un desorden de lo más caótico. Todo el mundo quería dar órdenes y ser el primero en tomar los camiones que, en la primera etapa hacia Francia, llevaban a la gente de Wittlich a Tréveris. (...) Una vez más, surgieron problemas. Los dirigentes de aquel centro de repatriación (la mitad americanos, la mitad franceses), todos con un obtuso conocimiento político, no eran capaces de entender que, pese a ser españoles, no queríamos volver a España mientras mandara Franco...

1. Nombre en catalán de la localidad francesa de Argelès-sur-mer. De las checas de Barcelona a la Alemania nazi, de Otília Castellví. Versión en castellano del original en catalán.

Editorial Acantilado. Precio: 20 euros.
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lunes, 17 de noviembre de 2008

¿Por qué no traer a España a Machado y Azaña? Benjamín Prado.

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¿Por qué no traer a España a Machado y Azaña?

BENJAMÍN PRADO 16/11/2008

La muerte acaba en los Pirineos, al menos para la Ley de la Memoria Histórica, e incluso para el juez Baltasar Garzón, que en la causa que ha abierto contra el franquismo ordena abrir una serie de fosas comunes en España, entre ellas la que se supone que guarda los restos de Federico García Lorca, e investigar a algunos de los represores por lo civil y lo militar del franquismo, pero no dice nada de otras víctimas que cayeron más allá de nuestras fronteras, ni de otros verdugos que las cruzaron para detener a los dirigentes republicanos que habían salido del país para esquivar la muerte, como Lluís Companys.

Si algo hay que criticar es que el juez Garzón y la Ley de la Memoria Histórica se han quedado cortos

Si lo miras desde ese lado, el juez de la Audiencia Nacional no sólo no se ha excedido con su iniciativa, como mantienen quienes no están de acuerdo con ella, sino que se ha quedado corto.

Y también se han quedado cortos todos los demás, quienes defienden una memoria con fronteras, como si para pasar de la injusticia a la justicia hiciera falta el pasaporte. Porque si la exhumación de Federico García Lorca se interpreta como un acto simbólico, porque de alguna manera en su drama parecen resumirse los de miles de personas que fueron ejecutadas en aquellos tiempos tenebrosos, ¿no lo sería también el intentar traer a España a algunas de las figuras que tuvieron que huir de ella acosadas por los sublevados y seguras de que si les daban caza su suerte habría sido la misma que la del propio Lorca, o la de Companys, o la de Miguel Hernández?

Quizás habría que comenzar a pensar, por lo tanto, en liberar de su destierro obligado a muchos, pero si quisiéramos empezar por aquellos exiliados que tienen mayor carga emblemática, sin duda los dos primeros debieran ser Antonio Machado y Manuel Azaña.

¿No es extraño y vergonzoso para una democracia como la nuestra que el presidente de la República Española derrocada por un sanguinario golpe de Estado permanezca en Francia, donde está enterrado sólo porque no tuvo más remedio que morir allí?

Las circunstancias de la muerte de Azaña son dolorosas. Estaba refugiado en el Rosellón y lo acosaban por todas partes, puesto que Francia estaba ocupada por el Ejército alemán y por el propio Gobierno de Pétain, que en esos momentos era, más o menos, el mismo general con distinta gorra. Además, los agentes que Franco había enviado por toda Europa a atrapar a los dirigentes republicanos, a quienes tenía la ambición de asesinar uno tras otro tras un juicio sumarísimo, como a Companys, lo vigilaban y trataban de arrestarlo.

Lo intentaron en varias ocasiones, la última en una acción conjunta con la Gestapo, y sólo lo salvó de ser detenido, deportado y fusilado la actuación del embajador de México, que lo escondió en el Hôtel du Midi, en Montauban, donde tenía sus oficinas y donde Azaña, sin fuerzas para seguir resistiendo, falleció el 4 de noviembre de 1940. Pétain prohibió que fuera enterrado con honores de Jefe de Estado y exigió que, en todo caso, su féretro se cubriese con la bandera española rojigualda, la de los sublevados, pero nunca con la tricolor de la República.

El embajador mexicano ofreció la bandera de su país para que fuera cubierto con ella, y así se hizo. ¿De verdad no merece todo ese drama una reparación histórica? ¿No merece un funeral de Estado aquel hombre que en plena Guerra Civil pronunció un discurso ante las Cortes, reunidas en Barcelona, en el que aún pedía desesperadamente la reconciliación entre los dos bandos, bajo el lema "Paz, Piedad y Perdón"? ¿No sería un acto de pura razón traer a Manuel Azaña de regreso a su país y hacerle un entierro honroso?

Antonio Machado también está enterrado, como todo el mundo sabe, en Francia, en su caso en Collioure. Llegó allí lo mismo que Azaña, destrozado por la derrota y por el cansancio, después de cruzar a pie la frontera, y acompañado por su madre, que según cuenta el escritor Corpus Barga, quien en algún momento del tortuoso viaje tuvo que llevarla en brazos, no hacía más que preguntar: "¿Cuándo llegamos a Sevilla?". Su tumba se ha convertido en un lugar de peregrinaje para los poetas españoles.
Pero, ¿es lógico que uno de nuestros mayores escritores siga allí, en un lugar que no eligió él sino que propiciaron los golpistas de 1936?

Personalmente, creo que la única diferencia entre Machado y García Lorca es que uno tiene una lápida con su nombre y el otro no, pero en lo demás son lo mismo: símbolos de nuestra cultura y nuestra sociedad civil que la guerra transformó en símbolos de las víctimas del horror y cuya vuelta definitiva a España sería una lección de la democracia a la dictadura, un ejemplo del modo en que la libertad recupera lo que la tiranía destruye y una prueba de que la impunidad no dura para siempre.

O también puede suceder lo contrario, que se permita que siga igual todo lo que nunca debió de cambiar y Manuel Azaña, Antonio Machado y tantos otros no regresen de su exilio. Qué curioso, cuando en otros tiempos, a los que, como Juan Ramón Jiménez, no querían volver, sí que se los traían a España para enterrarlos en la tierra negra de la dictadura.

Benjamín Prado es escritor.
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lunes, 29 de septiembre de 2008

Alemanya i França demanen perdó per la deportació de Companys

Traductor on line de copia pega y traduce: Traductor online de català/valencià

Alemanya i França demanen perdó per la deportació de Companys

Els cònsols d'aquests dos països participen en un acte de desgreuge en el seixanta-vuitè aniversari de l'afusellament de l'ex-president

L'estiu del 1940 Lluís Companys fou detingut a França, on s'havia exiliat, i poc després les autoritats franceses i la Gestapo el lliuraren a les autoritats franquistes, que el van executar. La Comissió de la Dignitat i el Departament de Vice-presidència de la Generalitat fan avui un acte de desgreuge a Companys, amb la participació de la cònsol d'Alemanya, Christine Gläser, i del cònsol de França, Pascal Brice, que demanaran perdó per aquell fet.

'La deportació va vulnerar tots els drets dels refugiats i fou contrària als tractats internacionals sobre deportació, que exclouen l'extradició per motius polítics', ha explicat Josep Cruanyes a VilaWeb, historiador i membre de La Comissió de la Dignitat. El 15 d'octubre farà seixanta-vuit anys de l'afusellament de Companys, i es portaran a terme les ofrenes de flors a la seva tomba i els actes d'homenatge, ja tradicionals. Però l'acte d'avui al vespre al Palau de la Generalitat té una importància especial, segons Cruanyes, perquè, per primera vegada, Alemanya i França demanaran perdó per haver deportat Companys i haver-ne facilitat, doncs, l'execució. Els cònsols condemnaran l'acció que van portar a terme els governs dels països que representen. 'És un acte d'agermanament i de condemna comuna. Tot i que els governs actuals no en són responsables, el fet no es podia passar per alt', ha dit Cruanyes. En l'acte, també hi intervindrà un representant de la Vice-presidència i un de la Comissió de la Dignitat, i Jordi Dauder farà la lectura de 'Oda al president Companys', escrita per Joan Brossa el 1976. La Generalitat començarà el procés per a declarar la nul·litat del judici La Generalitat de Catalunya començarà un procés per demanar al govern espanyol la reparació i la dignificació de l'ex-president català Lluís Companys, afusellat per les autoritats franquistes, com a pas previ per a sol·licitar la nul·litat del judici que el va condemnar, segons que va dir ahir el conseller Joan Saura, conseller d'Interior, Relacions Internacionals i Participació. En una entrevista a Catalunya Informació també va explicar que la llei de memòria històrica preveia que, a petició de familiars o de l'administració corresponent, el Ministeri de Justícia espanyol podia fer una declaració de reparació i reconeixement. Finalment, va fer saber que s'havia posat en contacte amb una néta del president Companys, que viu a Mèxic, per donar-li suport jurídic per a presentar la demanda. Segons Saura, la declaració es farà, encara que el govern espanyol no hagi desenvolupat el reglament de la llei de la memòria històrica.

domingo, 28 de septiembre de 2008

El cazador de rojos.


Una imagen que se conoce del agente Urraca.

Fuente: http://www.elpais.com/




EL ESBIRRO DE FRANCO

El cazador de rojos

Pedro Urraca dirigió en Francia una red de agentes para perseguir a líderes republicanos huidos tras la Guerra Civil. Él fue quien detuvo y trasladó a Lluís Companys a España, donde fue fusilado. Su hoja de servicios será inaccesible para los historiadores hasta el año 2021



LUIS GÓMEZ



No fue un simple policía de la represión franquista. El agente Pedro Urraca Rendueles convirtió en una pesadilla el exilio de destacados dirigentes republicanos huidos a Francia después de la Guerra Civil. Con ayuda de la Gestapo, los hostigó, persiguió y terminó apresando. No se detuvo hasta detener al presidente de la Generalitat, Lluís Companys, y conducirlo a España para que fuera ejecutado tras un sumario consejo de guerra. La pista del agente Urraca se pierde a su regreso a España. Su historial posterior es un misterio que tardará al menos 13 años más en resolverse. Su hoja de servicios será inaccesible hasta el año 2021.



En París se apropió del piso de su vecina, una mujer de origen judío que había escapado de las garras de la Gestapo


Su identidad tardó en ser conocida por aquellos historiadores que empezaron a investigar en las alcantarillas del franquismo. Nadie le molestó. Nadie llamó a su puerta. Nadie pudo interrogarle por su actuación en Francia tras la Guerra Civil. Un historiador llegó a localizar un teléfono a su nombre en una guía telefónica de Madrid en los años noventa, pero no llegó a marcar ese número. Ni siquiera en el archivo del Ministerio del Interior consta la fecha de su presunto fallecimiento (de seguir vivo tendría 104 años), un dato que no es anecdótico: la ley impide acceder a su historial hasta pasados 25 años de su muerte.

El historial policial de Urraca es todavía secreto. ¿Tiene algún sentido que la actuación de este personaje y de los policías a los que dirigió esté vetada al escrutinio de los historiadores? Es un ejemplo más de la memoria imperfecta de España. Este periódico intentó el acceso a su ficha personal, pero en aplicación de la ley, su expediente no será accesible hasta octubre de 2021, dado que el último documento (un reconocimiento de trienios) data de 1971 y han de pasar 50 años o 25 desde su muerte. Se jubiló en 1969. No consta fecha de su fallecimiento. Los datos más elocuentes sobre sus actividades están en los archivos franceses, entre ellos su condena a muerte en 1948 por el Gobierno democrático acusado de colaboración con los nazis y persecución de exiliados españoles. Urraca pudo sortear esa condena. Desde los años cincuenta ha sido un funcionario especialmente escurridizo.

¿De qué fue responsable? Pedro Urraca fue el personaje central de una red de policías que el régimen de Franco distribuyó por Francia tras la guerra para perseguir, y en algunos casos detener, a las principales autoridades de la República Española en el exilio. No fue una actividad secreta, sino una operación de represión en territorio extranjero en colaboración con la Gestapo y el régimen de Vichy. Existe documentación sobre el envío de agentes policiales, en diciembre de 1941, con destino a Marsella, Perpiñán y Toulouse para investigar y perseguir a "los jefes rojos". Paralela a esta operación policial fue la actividad de la Comisión de Recuperación de Bienes Españoles en el Extranjero, dirigida por el coronel Barroso, agregado militar en París. Esta red no se limitó a vigilar y perseguir a republicanos: se incautó de dinero, joyas y documentos en los domicilios donde residían los exiliados.

No hace mucho tiempo que se pudo verificar que fue Pedro Urraca el autor, el 13 de agosto de 1940, de la detención de Lluís Companys, presidente de la Generalitat durante la guerra. Fue también quien primero le interrogó en París y quien finalmente ejecutó su entrega en Irún a las autoridades españolas, que lo fusilaron semanas después (15 de octubre). El caso de Companys fue similar al de Julián Zugazagoitia (ministro de la Gobernación con Negrín, detenido en París, entregado y fusilado en Madrid). Detuvo e interrogó a decenas de personalidades relevantes de la República, como Manuel Portela Valladares (ex presidente del Consejo de Ministros), Josep Tarradellas, Juan Morata (subsecretario de Gobernación) o Mariano Ansó (ministro de Justicia). La lista de perseguidos es muy extensa.

También vigiló de cerca las actividades del presidente Manuel Azaña, a quien no pudo detener por las presiones que ejerció en aquel momento el Gobierno mexicano. Pero Azaña estuvo entre sus objetivos: le vigiló hasta el mismo día de su muerte (de hecho, fue quien informó a Madrid de su fallecimiento y entierro en Montauban, en una nota que se guarda en el Ministerio de Asuntos Exteriores). La red que dirigió este policía despojó de sus bienes y de documentos a muchos refugiados y trató de impedir que algunos de ellos pudieran embarcar a México (entre ellos, la viuda de Azaña).

Su nombre comenzó a salir a la luz en algunas memorias de refugiados españoles en Francia. Se trataba de referencias aisladas, carentes de apoyo documental. Posteriores investigaciones (las más importantes arrancan del año 2000) fueron colocando en su lugar a este personaje y documentando su actividad. Pedro Urraca no ha dejado de ser, aún hoy, un personaje un tanto enigmático, insuficientemente estudiado porque sigue siendo difícil el acceso a ciertos archivos españoles. El historiador Josep Benet lo cita de una forma expresa en su investigación sobre Lluís Companys como el policía que interviene en su detención y su posterior traslado a España, pero es en 2006 cuando el círculo se cierra con la tesis doctoral de Jordi Guixé Corominas (Diplomacia y represión: la persecución hispano-francesa del exilio republicano), que aún no tiene editor. Jordi Guixé, formado en la Universidad de La Sorbona, tuvo la oportunidad de investigar durante varios años en los archivos franceses. Y allí encontró, entre numerosos documentos, el informe elaborado por Pedro Urraca sobre el primer interrogatorio de Lluís Companys en la prisión parisiense de La Santé, cuya dirección correspondía a la Gestapo. Urraca fue no sólo quien le detuvo, sino quien le interrogó en primera instancia, quien le comunicó el funesto destino que le esperaba y quien le acompañó, junto con un oficial alemán, a la frontera con Irún.
¿Cómo era Pedro Urraca? ¿Cuál es el origen de este personaje? ¿Qué otras actividades realizó en Francia durante la guerra y con posterioridad? A falta de la documentación protegida, de Pedro Urraca Rendueles existe al menos una imagen fotográfica. La foto pertenece a una ficha del Ministerio de Exteriores. Es una pose de perfil; el rostro de un hombre de frente ancha, pelo corto cepillado hacia la nuca, mirada al frente y gesto relajado, seguro de sí mismo. En otros documentos consta su fecha de nacimiento (22 de febrero de 1904, en Valladolid). Están sin verificar datos anexos, como su trabajo en un banco antes de formar parte de la policía de la República, función que abandonó en fecha indeterminada para incorporarse al bando de Franco y trasladarse a Francia antes de acabar la guerra.

De sus funciones en Francia consta su cargo como "agregado policial" en la Embajada de España en París. Buena parte de sus actividades están documentadas; pero la pista se pierde, casi irremediablemente, meses antes de que Francia comience a ser liberada por los aliados. Es evidente que regresó a España (entre otras cuestiones, para evitar que se ejecutara su condena a muerte), pero se desconoce en qué otras actividades estuvo involucrado desde entonces. El historiador Jordi Guixé sospecha que trabajó en Bruselas para la Embajada española durante los años sesenta; también pudo documentar las gestiones realizadas, ya en 1974, para que el expediente de Urraca fuera incorporado a los beneficiarios de la ley de amnistía promulgada por el Gobierno francés el 6 de agosto de 1953. Un último documento aparece en los archivos franceses el 5 de noviembre de 1982 referente a la concesión de un permiso para entrar en Francia que no podía exceder de los tres meses de estancia.

"Las actuaciones de Urraca y otros agentes franquistas destinados a Francia han supuesto un escollo difícil de investigar", escribe Jordi Guixé en su tesis doctoral. "La documentación policial y secreta todavía está mal localizada (voluntaria o involuntariamente, dependiendo de los casos) en los archivos españoles. La identidad de represores y torturadores todavía nos es camuflada bajo leyes de protección, a falta de una regulación legal de los archivos españoles y una necesidad de democratizar los archivos de ministerios como Interior y Exteriores".

Un policía francés del régimen de Vichy describió a Pedro Urraca en un informe como "un policía de gran clase, lleno de habilidades e incisivo, que nos ha sido de gran utilidad". Alguna otra referencia personal sobre Urraca (ésta procedente de un exiliado español) le describe como una persona que "maltrataba" el francés. Sea como fuere, el policía en cuestión tampoco desaprovechó el tiempo para enriquecerse. Residía en París y se apropió del piso de su vecina, una mujer de origen judío que había escapado de las garras de la Gestapo. Urraca actuaba para la Gestapo con el alias de Unamuno. También actuó para el régimen de Vichy.

Este episodio consta en el expediente que determinó su condena a muerte en 1948. Otros españoles fueron igualmente condenados. ¿Quiénes? Quizá algunos colaboradores de Urraca: sus nombres están en los archivos policiales franceses.

El personaje ha salido a la luz. Fue un funcionario protegido durante décadas por el Estado español. Es posible que disfrutara de una cómoda jubilación. Nadie le molestó en su vejez. No ha estado obligado a escuchar preguntas incómodas. No parece justo que la España democrática deba esperar hasta 2021 para conocer respuestas sobre hechos sucedidos 80 años antes.

¿DONDE ESTA?

¿DONDE ESTA?
IN MEMORIAN